El raconet friki



 
 

The fallen of the dark lord


El Almirante Loire estaba de pie en el puente de su nave de mando, observando la inmensidad del espacio a su alrededor a través del cristal que había ante él mientras se dirigían a su destino. Estaba cansado de hacer estas misiones rutinarias una y otra vez, visitando campos de escombros y clasificándolos. Y, días después, visitando otro campo de escombros y clasificándolo. Y otro. Y cuando no era un campo de escombros, se trataba de una anomalía en los sensores, o de cualquier otra tarea indigna para un almirante como él.

Durante demasiado tiempo estaba disfrutando de un retiro no deseado. Los últimos ataques realizados no habían supuesto reto alguno, y en multitud de ocasiones se veían obligados a retirarse antes de entrar en batalla. El Gran Almirante Solaufein ha perdido su toque. – pensó. El tiempo de las grandes batallas había pasado hace tiempo, y sólo esperaba no tener que pasar el resto de sus días haciendo misiones rutinarias. Si caía, al menos esperaba caer en combate.

De pronto, sus pensamientos se vieron interrumpidos por la irrupción del Capitán Leonhart, quien recorrió todo el puente corriendo hasta llegar donde se encontraba el almirante.

- Almirante… almirante… – intentó decir el joven capitán

- Recupere el aliento, capitán.

- Sí, señor. – el capitán tardó unos segundos en recuperar el aliento – Señor, un mensaje de la flota imperial.

- ¿De qué se trata?

- Han destruido la luna desde la que partimos. Actualmente, debido al combustible ya consumido, nos es imposible redirigir el rumbo hacia otra luna, por lo que tendremos que volver al planeta. El Gran Almirante nos ha comunicado que han triangulado nuestra posición mediante varios sensores phalanx, y que con toda seguridad nos estarán esperando a nuestro regreso al planeta.

- …

- ¿Señor?

- Capitán, ¿a cuantas horas de vuelo nos encontramos del planeta?

- A máxima velocidad, treinta y tres horas y cincuenta minutos exactamente, señor.

- Ordene el regreso inmediato de la flota al planeta, capitán. A máxima velocidad. Que todas las naves preparen escudos, sensores y sistemas de armamento una hora antes de nuestra llegada, y que estén preparadas para una emboscada. Todos los pilotos deberán estar preparados en sus cazas. Mande un mensaje al planeta para que armen las defensas planetarias.

- Señor, así se hará.

Mientras el capitán se acercó a la consola de comunicaciones para transmitir las órdenes de su superior, el almirante se volvió de nuevo a contemplar la inmensidad del espacio antes de que la flota usara la hipervelocidad. Esta batalla sería probablemente la última, per pensaba vender cara su vida.

[…]

La flota salió del hiperespacio muy cerca de la órbita del planeta. Pudo ver perfectamente los fragmentos de la destruida luna en órbita. Los pocos que caían al planeta eran reducidos a la nada por las potentes defensas planetarias, o repelidos por las cúpulas de protección. El almirante, sentado ahora en su sillón, abrió un canal con el resto de la flota. Todo estaba en calma. Demasiado en calma…

- ¡Señor, múltiples contactos saliendo del hiperespacio! – gritó el alférez Strife – ¡Y son enormes! Detectamos dos… tres… no, cuatro flotas enemigas emergiendo del hiperespacio. Dos de ellas a las doce en punto, una a estribor y la cuarta en retaguardia. ¡Todas ellas compuestas por estrellas de la muerte! En total deben ser… ¡más de mil quinientas!

- Teniente Almasy, abra un canal con el resto de la flota.

- Canal abierto, señor – contestó el oficial de comunicaciones.

- Damas… caballeros… como pueden ver, la situación no pinta nada bien. La flota enemiga es obviamente superior a la nuestra. Les seré sincero: no creo que salgamos de esta. Sin embargo, no pienso rendirme sin luchar. El enemigo ha llamado a nuestra puerta, y debemos dar hasta el último aliento por los nuestros. ¿Están conmigo?

(Varios gritos de aprobación sonaron por el comunicador)

- Sea así, pues. Que nuestras estrellas de la muerte formen en retaguardia y contengan a la flota que nos ha sorprendido en esa dirección. Que concentren sus disparos en un único objetivo a la vez. Acorazados y naves de batalla, concentren sus disparos en la flota de babor. El resto de naves, formen una pantalla de contención ante las dos flotas que tenemos delante, y apóyense en el fuego proveniente de los cañones planetarios. Damas y caballeros… ¡ha sido un honor servir con todos ustedes!

[…]

La situación era crítica. Los escudos de la nave estaban inoperativos, y el casco seriamente dañado. Varias secciones de la nave habían sido destruidas, y gran parte de las computadoras del puente no funcionaban o estaban en llamas. Los motores habían sido inutilizados, y los sistemas de armamento reducidos al mínimo. El sistema vital y las comunicaciones funcionaban, pero no tardarían demasiado en fallar también. Los sensores también funcionaban. El almirante Loire intentó evaluar la situación de la batalla.

El fuego concentrado de las pocas estrellas de la muerte de que disponía su flota había logrado destruir un par de naves enemigas y dañar severamente a otra. Las naves pesadas habían logrado destruir otra y causar graves daños en tres más. Sin embargo, la pantalla de naves de apoyo a duras penas había aguantado. Los cañones de las naves enemigas se habían mostrado mucho más precisos de lo que imaginaba. Prácticamente toda la flota había sido destruida, así como las defensas planetarias. Las naves de carga habían sido destruidas, y su cargamento robado.

Su nave había sido alcanzada en varios sistemas críticos y navegaba a la deriva. Un impacto en la cubierta justo debajo del puente prácticamente hizo que este saltara en pedazos, dejando a la mayor parte de los miembros de la tripulación que se encontraban en él malheridos o muertos.

No había nada que hacer. En un rincón del semi-derruido puente pudo ver el cadáver del capitán Leonhart. Se acercó a él como pudo. La herida de su rodilla le dolía, y sangraba cada vez más. Cuando llegó junto al fallecido capitán, no pudo contener las lágrimas. Cogió su mano y la estrechó contra su pecho.

- Lo siento – dijo, apenas pudiendo hablar por las lágrimas que derramaba -. Lo siento. Os he fallado a todos.

- No diga… eso… almirante – el alférez Strife intentó incorporarse para mirar a su superior. Estaba sangrando por multitud de heridas, y a duras penas podía tenerse de rodillas – No podríamos… haber tenido un… comandante mejor… para esta batalla… que… usted. Ha sido la mejor… batalla en la que hemos… tomado parte…, y quedará en los anales… del Imperio… por mucho tiempo. El gran almirante… se encargará… de recordarnos. -el alférez se derrumbó sobre el suelo.

- Alférez, no hable. Está malherido.

- ¿Permiso… para… descansar… señor?

- Permiso concedido. – el alférez exhaló su último aliento – Hasta siempre.

De pronto, reconoció el viejo y familiar sonido de un cañón de gravitones preparándose para disparar, y vio a través del puente como una estrella de la muerte enemiga armaba su cañón principal para disparar a su destructor gravemente dañado. Giró la cabeza para contemplar de nuevo al capitán Leonhart, agarró su mano y cerró los ojos. Oyó claramente el sonido del disparo. Luego una explosión. Y luego el vacío.


Relato inspirado por la destrucción de mi flota en OGame el viernes pasado, mientras visitaba a una gran amiga.


Escrito en 14/12/09 09:30 por Pere Daniel Prieto en las categorías: ,

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Comentarios

Andrea Bonet · 15/12/09 23:39

Siempre te recordaremos Almirante…. T.T

Long live and prosper.


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