Nada
En las colinas pardas ahora hechas de ceniza aguarda una joven sentada sobre sus rodillas, ojos en blanco, piel marchita, mirando al cielo mientras entre desgarros grita: “¿Acaso soy yo la única que habita estos mustios lares? ¿Acaso soy yo la única alma perdida cual condena se culmina en este solitario mar de llanuras?”
Me apena ver su loca sonrisa entre los tajos de trigo, sonríe por sonreír y no abre los ojos por no llorar. Prefiere vivir ciega, ciega de sentimientos, de sensaciones, que una vida solitaria con su propia voz de única compañía, que se acaba consumando… al igual que todos sus pesares. Se disuelven en el oxigeno que ya no respira, en el azufre que ya no huele, en el fuego que ya no quema… ya no queda nada…
Ni siquiera la desesperación de quedó a mirar, se aburrió y se fue por pura monotonía, porque ¿hay algo peor que eso? Ver que ni las casualidades salvan a un día de parecer como el anterior, y de ser igual al siguiente. Ver como las horas padecen tras muros de lamentos, que van cayendo… van llorando, y nadie los consuela ¿para qué? Si las flores ya nunca volverán…
Entonces ¿Qué hace aquí la bella dama? Caminando sin rumbo, acariciando las malas hierbas, que a sus ojos son tesoros, materia, algo de vida a su alrededor, aunque como ella, están vacías, oxidadas.
Nada funciona en esas colinas, nada vive, nada muere, todo está parado. Hasta el reloj que luce la doncella en su muñeca está quieto: no se atreve a avanzar, no puede dar las horas…
Y así, la joven, sola para siempre, habiendo perdido ya la noción del tiempo, va cantando los segundos. Un segundo cada año. Lo que a ella le parece un instante.
Relato original por Andrea Bonet
Escrito en 25/03/10 09:30 por Pere Daniel Prieto en las categorías: Relatos, Freak

