El raconet friki



 
 

La gladiadora celestial


La arena era ya de color escarlata. La matanza había sido atroz. Y sin embargo, el público no estaba satisfecho. Querían más. Más golpes. Más sangre. Más muerte. Simplemente, querían más. El público sabía que el mejor combate estaba por llegar. Habían venido a verlo. A verla a ella. Y Morvael lo sabía.

Morvael se había encargado de difundir la noticia en todo el Imperio Carmesí, e incluso más allá de sus dominios. El Coliseo de los Titanes estaba lleno. Después de tantos siglos, por fin logró su objetivo. Desde la batalla de la llanura de Frierlan, sólo lograba pensar en esto: capturar a la causante de que ahora se viera obligado a llevar máscara. Ahora, por fin, lo había logrado. Y se juraba a sí mismo que haría que esa bruja deseara la muerte.

Los esclavos ya habían terminado de recoger los cadáveres mutilados de la arena, y los gladiadores supervivientes se habían retirado. El público contenía la respiración, expectante. El momento había llegado. Con un gesto de Morvael, las grandes puertas de la arena se abrieron de par en par. Y ella entró.

La mujer entró de forma solemne en la arena bajo los aplausos y los gritos del público. Apenas llevaba armadura: una cintura y un peto que resaltaban sus bellas curvas, así como unas botas altas y unos guanteletes. Gran parte de su piel, fina y suave, estaba expuesta, desafiando a cualquiera a herirla. Su melena de largos cabellos dorados invitaba a cualquiera a agarrarla para asestarle un golpe fatal. El público había enmudecido: la belleza de la mujer era arrebatadora.

A otro gesto de Morvael, se abrieron las puertas de las celdas que daban a la arena. Por ellas entraron cinco bestias demoníacas ávidas de sangre: un contemplador, un troll, un necrófago, un draco-liche y un gran demonio. Todos ellos se acercaron a la desarmada mujer, profiriendo un ensordecedor rugido de desafío.

La mujer le hizo un gesto burlón a Morvael, cuya reacción no pudo verse gracias a la máscara. Sin embargo, el Emperador estaba irritado. Pero pensaba saborear el momento. Acto seguido, la celestial desplegó sus cuatro enormes alas, ocultas hasta el momento, y materializó una espada flamígera en su mano derecha. Con un gesto, invocó una descarga de pura energía mágica en su mano izquierda que lanzó contra el necrófago, consumiéndolo en el acto.

Las demás bestias se abalanzaron sobre ella al contemplar la escena. La celestial reaccionó rápidamente, saltando sobre ellos. Isbyliya pensaba vender cara su vida.


Escrito en 09/10/09 09:30 por Pere Daniel Prieto en las categorías: ,

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