El segador de almas
El infierno en la tierra… Esto era lo único que podía ver Minaithnir con su ojo sano. Llamas y cadáveres calcinados eran todo lo que quedaba del ejército que se encontrada a su alrededor pocos instantes antes. Pero a él no lograba verlo. No veía su cadáver.
De golpe, el venerable dragón sintió un frío glaciar a su espalda. Giró rápidamente para ver el origen de esta horrible sensación. Y lo vio. Ahí estaba. El demonio permanecía ante él, impasible. No tenía ni una sola herida visible, a pesar que las llamas habían destruido el campo de batalla a su alrededor.
Durante un instante, Minaithnir admiró la majestuosidad de la criatura. Sus enormes alas negras le daban un aire de nobleza, con un cuerpo humanoide que rozaba la perfecta belleza, a pesar de su piel oscura. Unos cuernos salían de su cráneo, coronándolo como un rey entre los demonios. Su espada, envuelta en llamas púrpuras antinaturales, llevaba unas runas inscritas de pura oscuridad que parecían retorcerse de dolor, como si la mano del demonio las dañara. Pero lo más terrorífico de su adversario eran las tinieblas que lo cubrían en todo momento, amoldándose a su figura, y revelando un poder mucho mayor al del dragón.
Minaithnir era uno de los dragones más viejos y más poderosos que aún podían ser despertados en estos tiempos difíciles. Poseía una gran fuerza, sus llamas podían derretir cualquier metal y destruir toda forma de vida, ya fuera humanos u ogros. Incluso tenía a su disposición parte del saber mágico de los antiguos dragones. Pero se estaba muriendo. Al contrario que su adversario demoníaco, su cuerpo estaba cubierto de heridas. Sangraba por multitud de sitios diferentes, y había sufrido graves quemaduras debido a su propio fuego. La vida se escapaba de su enorme cuerpo, y era plenamente consciente de ello.
En aquél momento, lo vio: el cuerpo de su amo, muerto, en el suelo. Estaba en el mismo lugar en el que había caído cuando el demonio le atravesó el corazón con su arma. La armadura mágica que llevaba, forjada con el fuego de un dragón anciano, había logrado proteger el cadáver de las llamas. Al verlo, recordó el día en que lo conoció. Recordó todas las batallas en las que habían luchado como jinete y montura. Recordó todo lo que habían compartido.
Al darse cuenta de donde estaba centrando su atención Minaithnir, el demonio dijo: Tu amo no volverá, draconian. Pero no temas: te reunirás con él muy pronto.
Esto ya fue demasiado. La ira y rabio de Minaithnir estallaron. Olvidó su dolor. Olvidó su sufrimiento. Ya no sentía ninguno de ellos. Sólo podía sentir odio. Odio hacia su enemigo. Un profundo odio hacia el asesino de su amo. Sin pensarlo dos veces, cargó directamente hacia el demonio para destriparlo. El demonio reaccionó en un instante, poniéndose en guardia.
[…]
De pie, entre las llamas, Cegorach intentaba recuperar el aliento: estaba agotado. Había llevado más allá del límite el poder de su espada, i esta había empezado a consumirlo. Se giró para contemplar el cadáver del dragón que acababa de matar. La última carga de la bestia había sido salvaje, y no lo quedó más opción que despertar el espíritu encerrado en su arma para lograr asestarle el golpe mortal, a pesar del riesgo que ello comportaba.
Pero lo había logrado: la maldición que lo castigaba desde hacía tanto tiempo había desaparecido. Ya no tendría que absorber más almas para mantenerse con vida. No sólo eso: al consumir el alma de la bestia también adquirió sus conocimientos y parte de su poder.
Miró a su alrededor, contemplando el infierno que se había creado durante la batalla. Entonces vio el cuerpo del jinete, sin vida, no muy lejos. Había luchado con honor y coraje, a pesar que sus habilidades marciales eran muy inferiores. Sabía que el jinete no era un adversario digno, y el combate no había sido, desde luego, honorable. Pero tenía que hacerlo. El jinete le recordó a un joven caballero igual que él.
Apartando estos pensamientos nostálgicos, se giró hacia la montaña de plata. Ahora estaba preparado. Preparado para volver. Preparado para vengarse. Respiró profundamente una vez más y empezó a caminar entre las llamas, en dirección a su antiguo hogar.
Durante un instante, las cambiantes tinieblas que envolvían el cuerpo de Cegorach se hicieron menos densas, revelando parte de su vieja armadura. Revelando, sólo por un instante, su antigua insignia.
Era una flor de lis…
Escrito en 05/10/09 09:30 por Pere Daniel Prieto en las categorías: Freak, Relatos

