El estrangulador topológico
Érase una vez un hombre malvado, un pusilánime de negro corazón, un asesino cruel y despiadado cuya mente enajenada disfrutaba estrangulando jovencitas indefensas. Esta es la historia de su infame existencia.
Miguel era de día una persona normal. Bueno, todo lo normal que puede ser un profesor de matemáticas. Sin embargo, cada noche, llevado por una oscura fuerza caía en un terrible frenesí homicida.
Siguiendo sus impulsos salía a la calle ataviado con una larga gabardina de color pardo y un sombrero de fieltro marrón dispuesto a acabar con la vida de su siguiente víctima.
El proceso era metódico, sencillo… casi aséptico (como rige en un asesino que se dedique a las ciencias exactas). Miguel vagaba por las calles más sórdidas de su ciudad hasta dar con una presa idónea y la seguía con gran discreción hasta llegar a una callejuela suficientemente oscura y solitaria. Allí, plenamente excitado, se acercaba a su víctima por la espalda, sin hacer ruido, con el corazón desbocado y la frente perlada de sudor frío.
Era en aquellos momentos un ser temible. Su mirada reflejaba oscuras intenciones y en las manos un resistente hilo de nylon se empezaba a tensar volviéndolas blancas.
A partir de aquí todo sucedía muy rápido. Llegado a la altura de la chica Miguel trazaba un lazo sobre la cabeza de esta y sus fuertes brazos se abrían rápidamente, tensando el hilo con una mortal precisión.
Afortunadamente Miguel nunca se molestaba en rodear con la cuerda el frágil cuello de sus víctimas y estas, sorprendidas por el chasquido del nylon a su espalda, huían despavoridas de aquel hombre con cara de perturbado.
No me malinterpreten, no era el miedo lo que impedía a un hombre alto y corpulento como Miguel llevar a cabo sus asesinatos. Tampoco había moral alguna lastrando sus actos. Era su infinita locura y los años dedicados a su querida Topología (acaso lo único que él amó en vida) lo que le impedía comprender por qué las víctimas conseguían escapar de aquel lazo que a todas luces rodeaba, topológicamente, su cuello.
El proceso se repite cada noche y cada noche Miguel queda igual de perplejo y consternado. Vuelve luego a su casa arrastrando los pies pesadamente y balbuceando palabras sin sentido. Allí bebe y llora hasta caer extenuado sobre su cama, lamentando haber fallado una vez más.
Pero no hace falta que se preocupen, la carrera criminal de Miguel ya ha terminado. Hace una semana la policía entró en su casa. En la cocina lo encontraron colgado de una soga. Su cara aún reflejaba la sonrisa de aquel que tras mucho intentarlo ha conseguido al fin aquello que tanto deseaba.
PD: Todos los personajes y hechos aquí relatados son producto de la enfermiza imaginación del autor, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Relato escrito originalmente por Carlos Luna para el día del libro y colgado en Sospechosos Habituales
Escrito en 19/11/09 09:30 por Pere Daniel Prieto en las categorías: Matemáticas, Relatos

