El raconet friki



 
 

El destino del hechicero


El hechicero del Caos se arrodilló sobre su demoníaca montura. No podía entenderlo. No quería entenderlo. Su ejército, consagrado al Gran Manipulador, estaba al borde de la aniquilación. Aniquilado por un atajo de débiles elfos defendiendo un bosque.

Los vientos de la magia no le habían sido favorables en este día. Para nada favorables. Había perdido la mayor parte de su gran poder, e incluso parecía que los demonios se habían puesto en su contra. En varias ocasiones, varios demonios del Inmaterium habían asaltado su mente. Incluso el demonio del cañón infernal se reveló y provocó tal alteración en los vientos de la magia que uno de sus adeptos estalló en una gran explosión de energía mágica, diezmando su escolta de elegidos.

Incluso él mismo había sido herido. Su armadura del Caos estaba cubierta de flechas. Ese encuentro con los elfos de retaguardia le había costado caro, pues una de las flechas encontró un punto débil en su antigua armadura y le hirió. Y luego estaba esa otra flecha. ¿Qué clase de magia era ésta? La flecha se había clavado directamente en su pecho, ignorando completamente la presencia de la armadura.

No podía entenderlo. Había consagrado su vida y su alma a El Que Cambia Las Cosas. Había obtenido grandes regalos demoníacos y artefactos del mismísimo Gran Hechicero. Su ejército había marchado durante días para destruir a estos elfos debiluchos en su nombre. ¡En su nombre! ¡¡Tzeentch!! ¡¿Porqué había sido derrotado?!

De pronto, se oyó un potente aullido de las ruinas que acababa de dejar atrás, y una silueta lupina envuelta en las sombras emergió de ellas. Se acercaba rápidamente hacia donde se encontraba. Intentó concentrar su voluntad en el disco que su maestro le había concedido, pero éste no se movió ni un centímetro. El lobo dio un gran salto, abalanzándose sobre él. Mientras parecía flotar en el aire, el lobo empezó a transformarse. Su apariencia fue cambiando, y cada vez se parecía más a un elfo salvaje. Pudo ver con claridad cómo las garras del lobo se convirtieron en manos. Unas manos que esgrimían una enorme espada. Una espada que dibujó un terrible arco en dirección a su cabeza.

En ese momento, oyó una voz en su cabeza que decía “Has cumplido el propósito que te había reservado. Ahora, sin embargo, ya no me resultas útil.” Entonces lo entendió. Así fue dispuesto por Tzeentch, el Gran Manipulador, y así debía ser. Cerró los ojos. Oyó al elfo gritar “¡¡Muere, hechicero!!”. Y llegó el vacío.


Escrito en 09/11/09 09:30 por Pere Daniel Prieto en las categorías: ,

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Comentarios

Andrea Bonet · 09/11/09 17:27

Bueno… lo que ya dije en el fotolog… partida genial, y muy buen texto!


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