El raconet friki



 
 

El bosque encantado


No había dejado de llover desde que el caballero y su séquito habían iniciado su andadura. Sir Paravaunt cabalgaba decididamente, avanzando entre los árboles. Su caballo seguía lenta y pacientemente el estrecho y fangoso sendero. La lluvia caía desde las hojas y las ramas, penetrando en su armadura. Seis galgos corrían detrás del caballero y su caballo, seguidos a su vez por cuatro criados que transportaban el equipaje y el material de su señor. Estaban empapados y cubiertos de barro. Empapados, cansados y dedichados: sólo deseaban dar media vuelta y regresar a su hogar.

Sir Paravaunt miraba fijamente hacia delante a través del visor de su yelmo, ignorando o simulando no oir las lamentacions de sus criados. Un extraño fervor daba alas a su espíritu y le nublaba la vista. Estaba enamorado…

El objeto de su devoción era Lady Ariane, la mayor de las hijas del Duque Boniface. Era alta, pálida y orgullosa, y sus penetrantes ojos verdes lo habían esclavizado. Mientras jugueteaban en el jardín de rosas, ella le había prometido casarse con él si le traía el cuerno de un unicornio. Hacedme este pequeño favor para demostrar vuestro valor y vuestro amor por mí, y seré vuestra para siempre…

Esa misma tarde, con la pasión ardiendo por sus venas, partió hacia el este, hacia el bosque virgen, decidido a encontrar un unicornio al que robarle el cuerno.

El bosque prohibido era un lugar oscuro y mágico, donde el tiempo parecía transcurrir de forma extraña. ¿Cuánto tiempo hacía que había partido? ¿Días, semanas o meses? En los breves instantes de debilidad, Sir Paravaunt temía estar perdiendo la razón. Después de la noche pasada en la Torre Brillante, todo le parecía vago y confuso. ¿No había empezado la búsqueda con siete criados y tres perros? Y su montura, ¿era la luz crepuscular la que daba a su caballo una coloración negra en vez de gris?

La persistente lluvia finalmente erosionó la voluntad del grupo. Sólo los perros y la montura del caballero parecían no verse afectados. Incluso los dos criados del caballero dejaron de quejarse y siguieron caminando en medio de un hosco bosque.

Las articulaciones de Sir Paravaunt empezaron a dolerle a causa de la penetrante humedad, y empezó a respirar con dificultad. Casi habían agotado la comida, y estaba permanentemente hambriento. Se sentía débil, y su armadura de cuerpo entero era cada vez más pesada.

Era imposible saber en qué dirección estaban avanzando. El estrecho sendero que estaban siguiendo serpenteaba entre los árboles. Desde las ramas de los árboles, justo encima de su cabeza, podía oírse una risita débil y musical.

De repente, su caballo se detuvo. Sir Paravaunt estuvo a punto de caer al suelo. Se había detenido en el lindero de un claro. La luz del sol caía a raudales sobre el claro, las flores primaverales crecían y las flores revoloteaban a la cálida luz. En el centro del claro se encontraba una mujer joven y bella que alimentaba con grandes puñados de hierba un caballo blanco con un cuerno en la frente. Con algunas dificultades, el caballero desmontó, pues su caballo se negaba a entrar en el claro. Desenfundó su espada y avanzó hacia la mujer y el unicornio.

Mi galante caballero, ¿no me reconocéis? – preguntó la mujer, con voz melodiosa y pícara. Gozasteis de mi compañía en la Torre Brillante. La vuestra era una misión peligrosa y el motivo noble, pero ya no sois tan joven como entonces. ¿Os pesan los años, caballero? Vuestra cara está arrugada y gris, y vuestra barba es larga y agrisada. Os duelen las articulacions y tenéis los huesos frágiles. Todo porque parecéis un hombre de sesenta años. Acercaos, caballero. Tomad vuestra recompensa, si podéis.

Mientras hablaba, la mujer sujetó el cuello del unicornio y le hizo bajar la cabeza, ofreciéndo el cuerno a Sir Paravaunt. El caballero avanzó trastabillando, apenas capaz de moverse a causa del peso de la armadura. Mientras levantaba su oxidada espada para cortar el cuerno de la bestia, el unicornio levantó la cabeza y miró directamente a los ojos del caballero. La fuerza de su antigua mirada arrebató al caballero las pocas fuerzas que le quedaban: cayó pesadamente sobre la hierba, muerto.

Qué deprisa se marchita la belleza mortal. ¡Ayer erais tan bello! – rió la mujer. Acariciando los diez alegres perros que retozaban a su alrededor, salió corriendo hacia los árboles, que florecían a su paso.


Escrito en 02/10/09 09:30 por Pere Daniel Prieto en las categorías: ,

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Comentarios

Andrea Bonet · 12/10/09 13:54

Parece un relato mío… alguien acaba muerto siempre.

Te inspiraste en el bosque negro? Aunque también se parece un poco al caballero de la armadura oxidada… Pero me ha gustado mucho este ^^

Agur!


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